Sábado 31 de Julio de 2021

7 de julio de 2021

La Fórmula 1 recuerda la carrera deportiva de Carlos "Lole" Reutemann

El expiloto santafecino marcó una era para el automovilismo argentino y el gran circo de la F1

“La Fórmula Uno que yo viví es un laberinto. Un laberinto visto desde arriba. Desde arriba es muy fácil ver un laberinto, porque uno sabe cómo va. En la Fórmula 1, vos te metes en un laberinto, en esa época en ese laberinto estaba el éxito, la fama, la plata, que esa sigue estando hoy, y la muerte. Está todo adentro. También el campeonato. Yo entré a ese laberinto, como entró Ronnie Peterson, Francoise Cevert, entró Peter Revson. Entró Stewart que salió campeón. Entraron todos. Algunos están muertos, otros parapléjicos, otros quedamos con vida. Tampoco gané el campeonato. Pero es la historia que es así. Creo que en la vida conseguí muchísimo, y el campeonato es una cosa que, me dije aquel día al cruzar la meta en Las Vegas: ‘Bueno, sos un tipo que tuviste mucha suerte, pero que ganes el campeonato ya hubiera sido demasiado’.”

Esta idea que le expresó Carlos Alberto Reutemann a Eduardo Gonzalez Rouco casi 20 años después de abandonar las carreras de Fórmula 1, nos permite ahondar en cómo era su percepción de la vida.

Historia: Cuando Carlos Reutemann dijo basta

Había máximas que no se discutían, y principios que se traían desde la cuna. Ser piloto de carreras quizás sea la máxima exigencia del mundo del deporte en ese aspecto. Porque además del resultado deportivo, se pone en juego la vida, y se involucra la vida de los demás también. Entonces, los valores de los deportistas se ponen a prueba constantemente en una puja que siempre es injusta y desigual contra el egoísmo. Porque como dicen, el miedo es el instinto de supervivencia más puro. Y para un piloto ese puede ser el límite. Cuando se percibe el peligro, es cuando las personas sacan lo mejor y lo peor de sí mismas.

Ser responsable, metódico, estudioso, analítico, autocrítico, pero a la vez humilde y respetuoso, aun a pesar de ser un corredor de Fórmula 1, fue el lema y también el legado de Carlos Reutemann. Quizás un caso atípico en ese laberinto, llamado Fórmula 1.

Murió Carlos Lole Reutemann

Chocar a Nelson Piquet para ser Campeón de F 1 en 1981 hubiera sido un método que otros usarían. Para Reutemann eso es ir por la vereda de enfrente.

A lo largo de su carrera, y seguramente de su vida fuera de las pistas habrá más aún, encontramos varios episodios en los que Lole tuvo que toparse con situaciones atípicas y resolverlas a su modo. Y una perfecta referencia de todo eso bien podría ser aquel triste día de octubre de 1981 en Las Vegas. Todo era atípico. El día, un sábado, no es natural para la realización de un Gran Premio. El lugar, la playa de estacionamiento del Hotel Caesars Palace. La situación, el piloto que lideraba el campeonato desde la segunda fecha, largando en Pole Position, pero con un auto que no funcionaba como debía, y un equipo que no le brindaba soluciones, completamente desinteresado en la lucha de ese hombre, que al salir a pista, estuvo más solo que nunca.

Reutemann bien pudo resolverlo de la manera más sencilla. Cuando su Williams se hundía en el clasificador y era alcanzado por el Brabham de su rival al título, Nelson Piquet, hubiera bastado presentarle lucha, o incluso llegar a un toque entre ambos, como el que un año antes había tenido su compañero Alan Jones con el mismo brasileño para definir el título de 1980 a su favor. Lole tenía un punto más, de manera tal que si ambos quedaban fuera de carrera, Reutemann era el nuevo Campeón de Fórmula 1. Pero a él eso no se le cruzó jamás por la cabeza.

“Hay gente que dice que hay que ganar a cualquier precio. Y si puedo matar al adversario lo mato. Pero bueno. Cada uno tiene su formación, y yo tengo mi formación. Yo estoy en esta vereda, y los que creen que vale todo, y tenés que matar al rival, que vayan por su línea”, fue su explicación que nunca dudó en expresar con claridad.

 

Reutemann con Brabham ganaba en Nürburgring hace 45 años - Carreras -  Cadena 3 Motor

Muchas veces, Reutemann tuvo que enfrentarse a un público argentino muy crítico de su estilo, de su modo de enfrentar las carreras. Tantas veces se escuchó aquello de “siempre es segundo” o “es un miedoso”, que al final del día, terminó siendo algo que muchos repetían desde la ignorancia, mofándose de un verdadero deportista de Elite. Entre 1972 y 1982, el tiempo que Reutemann permaneció en Fórmula 1, fueron 17 sus colegas caídos tras el volante. Clasificar segundo en Monza, la pista más rápida en su época, con un Williams que, por no tener un motor turbo, no podía aspirar a estar a menos de 1 segundo y medio de los Renault y las Ferrari en ese circuito, y arriesgarse a quitar las cargas aerodinámicas para poder “volar” más allá de los límites, obligándose a manejar con la punta de los dedos, no era precisamente un acto de alguien que tuviera temor.

“Este es un baile que tiene un ritmo, y cuando vos entrás en el baile, tenés que bailar al ritmo del baile. No quieras ir en contra del ritmo, porque el baile te pasa por arriba. Vamos a suponer un circuito de Zeltweg (una pista con grandes curvones de alta velocidad sostenida, situado en medio de las montañas en Austria), después de la recta de los boxes. Yo la tomaba a 275 km/h, planchado, como la tomaban todos. Y si vos querés cuidar tu vida, y no la tomás a 275 sino a 269 km/h, es lo mismo. No hay diferencia. A esa velocidad, si te golpeas, sufrís la misma consecuencia. Pero además, si la tomás a 269, el reloj se da cuenta. Y si el reloj va para atrás, te pegan una patada y te echan. Entonces yo tomaba la curva a 275 y Mark Donohue también, pero a él se le reventó la goma delantera izquierda, se fue al precipicio y se mató”Reutemann le respondía a Gonzalo Bonadeo con esta sentencia, allá por 1995, dejando las cosas tan simples de entender, que sus críticos quedaban mudos, sin argumentos.

Hubo muchos más, pero tomaremos otros dos episodios que lo mostraron tal cual era. Uno fue antes de llegar a Williams, su último equipo entre 1980 y 1981. El otro, fue el mismo año de su retiro, en 1982.

 

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La firma del contrato con Lotus le costó gastar todos sus ahorros de siete años para poder liberarse tras el desastroso año 79

Para 1979, Reutemann había dejado el equipo Ferrari, cansado de ciertos modos autoritarios de Mauro Forghieri, el Director Técnico de la Scudería, y de una notoria desvalorización hacia su trabajo durante dos años. Pero para los ojos de los demás, su año 78 había sido tan bueno que Colin Chapman, el dueño de Lotus, le ofreció un contrato de tres años para que corriera en el equipo campeón, al cual Lole había enfrentado y puesto en apuros con cuatro victorias el año anterior. Reutemann creía que la oportunidad era inmejorable, pero las cosas salieron mal. Lotus, un poco relajado tras el suceso del año anterior, no mantuvo el nivel, Mario Andretti ni siquiera pudo ser tan rápido como Lole en casi todas las carreras, y el panorama era sombrío. Una vez más, los que saben ver a un buen piloto, se habían dado cuenta cómo Reutemann iba más rápido que el campeón vigente y que su propio Lotus 79, y así fue como Frank Williams le ofreció un contrato para unirse a su equipo en 1980.

Reutemann no podía romper su contrato, si no lo hacía pagando una suma millonaria a Chapman, cosa que hizo después de pasar días enteros discutiendo las cláusulas y las multas de recisión que debía enfrentar. Vendió todo lo que pudo. Invirtió todo lo que había ganado desde 1972 a 1979 y pagó su libertad. El contrato con Williams era para ser piloto número 2 de Alan Jones, y esa es la historia que terminó de sentenciar su futuro.

 

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Regresó después de Las Vegas, en Sudáfrica, donde el viernes participó de una huelga de pilotos, encerrados en un hotel. Las cosas habían cambiaro para Reutemann en 1982.

La otra situación la vivió en 1982. A pesar de haber anunciado su retiro tras la derrota de Las Vegas, Reutemann sintió que podía darse una nueva oportunidad y regresó para el inicio de la temporada en Sudáfrica. Un ambiente enrarecido por conflictos políticos entre los pilotos y los dueños de equipo, los llevó a amotinarse en un hotel alejado de la ciudad en Johanesburg. Pasaron una noche sin dormir, todos los pilotos juntos. Compartió una conversación muy emotiva con Gilles Villeneuve, recordando aquel 1978 juntos en Ferrari, y algún consejo que Lole le había dado en 1979 ante un pedido del canadiense. Ese fin de semana, Reutemann brilló otra vez en la pista. Parecía que lo del 81 había quedado atrás de un modo que sorprendía e ilusionaba a todos. Fue segundo detrás de Alain Prost en una pista donde no tener un motor turbo hacía imposible soñar con un podio. Pero después vino Brasil, una pista que siempre le gustó y en la que había ganado dos veces, y ya no fue lo mismo. No se sentía cómodo. Al contrario, sentía desinterés. El domingo abandonó y al bajar del Williams decidió que no volvería a correr nunca más en Fórmula 1.

Los valores de Reutemann: 4 momentos bisagra de su vida donde el corredor  puso a prueba sus principios - Radio ZETA

Gilles Villeneuve era su amigo. Tras su muerte le ofrecieron la Ferrari, pero Lole la rechazó casi sin contestar la llamada telefónica desde Italia

Apenas un mes y medio después, el sábado 8 de mayo, durante la clasificación del Gran Premio de Bélgica, Gilles Villeneuve encontraba una trágica muerte a bordo de su Ferrari número 27. Era posiblemente el mejor auto de ese año, y se confirmó con Didier Pironi, a lo largo de la temporada. Pero a Reutemann le sonó el teléfono unos días después del accidente de su amigo Gilles. Era el Director Deportivo de Ferrari, Marco Piccinini. Le estaba ofreciendo el auto que había quedado vacante para el resto del año.

En el libro “Los días de Reutemann”, que escribió la delicada pluma de Alfredo Parga, Lole recordó ese momento: “No estoy seguro si le corté. Yo tenía muy fresco lo mío en Las Vegas, la frustración de Brasil, el clima enrarecido con los autos con trampa, y encima a mi lado caminaba Gilles, con quién yo había corrido durante bastante más de un año. Increíble. ¿Cómo podía yo imaginar que el destino me tendía otra invitación? Pero no. Yo no soy Lauda. Yo no podía volver. Yo creo en el destino”.

 

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El buzo de Reutemann colgado en Brasil. Símbolo del adios que fue definitivo tras abadonar en Río de Janeiro 82

Las puntas se unen. Esta reflexión se emparenta con aquella del laberinto del comienzo. Ganar el campeonato ya hubiera sido demasiado, fue lo que prefirió elegir, rechazar la tentación, y quedarse en Santa Fe construyendo su nueva vida de expiloto de Fórmula 1.

 

 

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