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3 de junio de 2019

San Jorge es más que un club

Foto Griselda Lazarte

El domingo hubo un club, un barrio y una ciudad detrás de un sueño. San Jorge no jugó solo, ni siquiera fueron esas 1500 personas que lo acompañaron entre curiosos y figuras los que formaban parte de quienes empujaban.

Éramos los que pretendemos un fútbol escindido de barras, de vicios de costumbres, de la violencia generalizada en la que parecemos estar inmersos. Éramos los que necesitamos identificarnos con algo más internalizado que sólo el grito de gol y de campeón, los que buscamos la esencia amateur en la cara de los pibes que se ponen una camiseta, los que queremos hambre de gloria en quienes se ponen la ropa de los clubes. Le costó al Expreso meterse en partido, le costó al hincha nuevo de banderas recién cortadas pegar el grito de aliento con melodías de otros. Le costó gritar gol en medio de la zozobra que habían causado los dos goles del visitante. Te tiemblan un poco las piernas cuando estás cerca de la línea de llegada. Venís sin dormir, comés a medias, se te forman imágenes constantes y continuas sobre cómo vas a estar a determinada hora, en determinado lugar y con determinada circunstancias. Y en ese nerviosismo podés perderlo todo, pero reaccionó a tiempo, los pedidos aislados y encarnizados de los que empiezan a construir el sentido de pertenencia les llegaron a quienes debían ponerle la vuelta de llave a la ventaja conseguida una semana atrás. Estás cerquita de la línea de cal estando afuera, podés verle los gestos, les escuchás el corazón acelerado y las piernas chocar para buscar esa pelota que se aplasta entre dos músculos ajenos y vuela hacia cualquier lado. El estadio Ángel Sáez fue protagonista el domingo de un hito para San Andrés, hay un club niño, un club de 11 años jugando uno de los partidos más importantes del país. Mientras gran parte del espectro futbolístico esperaba que se corriera el telón en Córdoba entre dos equipos de decenas de millones de dólares, en Tucumán habían 11 jugadores con camisetas de material dudoso pero sudado, con números pegados y sin nombres en la espalda, jugadores de carreras llenas de tierras de pueblos ignotos, de infancias de mate cocido y bollo que aspiraban a llegar ahí donde los flashes se van encendiendo de a poco, donde te cuesta menos comer todo el mes, donde si se te rompen los botines podés comprar otros sin juntar entre varios. Con el pitazo final las sonrisas se dibujaron tan grandes que sólo podían recordar que esto era historia para la provincia pero por sobre todo para el club. Ese barrio y esa ciudad empezará a convulsionarse, conocerá movimientos nuevos, conocerá eso que parecía circunscrito a solo dos protagonistas. San Jorge es más que un equipo que se mete en grandes discusiones, San Jorge es el sueño de los que queremos ver al fútbol reconstruirse. Tiene todo para llegar a lo más alto y su rival deberá jugar y enfrentar esos sueños, los nuestros, los de todos, los de los pibes llenos de tierra en San Andrés que van a empezar a pintarse las caras de verde para llevar esta "peste verde" como rezan sus banderas, a cada rincón del país. No les saquen la ilusión con un arbitraje como ya pasó frente a Estudiantes de Río Cuarto o como viene pasando obsenamente en todas las categorías de ascenso ante el silencio total del periodismo, no nos quiten esto.

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